martes, 20 de junio de 2017

Ayer murió Carlos Pío



Carlos Zúñiga Jara



  
El miércoles 17 de agosto del 2016 murió Carlos Pío. Me avisó mi hija mayor, explicándome brevemente las circunstancias de su fallecimiento. Lo atropelló un camión, mientras limpiaba de árboles y ramas las calles de su pueblo, maltratadas durante el último “temporal”.

Después me llamó mi primo Jorge, amigo de infancia de Carlos Pío. Recordamos el barrio, los amigos y los camiones de madera, presentes en nuestros juegos infantiles.

Don Raúl, padre de Pío, fue durante muchos años administrador de la cancha de acopio de la empresa BIMA en Villarrica. Ahí llegaban grandes camiones cargados con madera proveniente de los bosques de Neltume, Coñaripe o Liquiñe.

En una esquina de ese espacio de acopio, Carlos Pío había construido un microcosmos. Una pista de tierra rojiza que remedaba el camino entre Villarrica y Liquiñe. Como un mapa hecho a mano alzada, aquel camino reproducía el paisaje agreste al sur de Villarrica. En esa pista de tierra circulaban pequeños camiones de juguete hechos con trozos de madera, clavos y chapas (las viejas tapas de cervezas y gaseosas), fabricados por Carlos Pío alguna tarde larga del 65’. En aquel rincón recreaba las urgencias madereras de ese mundo de bosques que rodeaba a mi pueblo.

Los camioncitos de madera, que arrastrábamos con trozos de cáñamo comprados en el almacén de mi abuela, cargaban árboles centenarios extraídos de aquellos bosques olorosos.  Esquivando nuestros zapatos de niño recorrían montañas y llanuras, selvas y quebradas. Caprichosamente, el pequeño constructor de caminos había ubicado a Villarrica pegada a la casona de don Juan, la ruta serpenteaba por un trecho largo hasta el cerco que daba a Presidente Ríos donde ubicó la mítica la cuesta de “Los Añiques”, la frontera de aquel mundo.  

Las tarde de sol se hacían largas, felices con el ronroneo musical de los motores que cada jugador improvisaba para su vehículo. Recuerdo la sucesión de pannes inverosímiles que sufrían los camioncitos de Jorge Landaeta: pinchaduras de neumático, problemas con el cardán o dificultades con el carburador. Desperfectos seguramente escuchados de las conversaciones de los camioneros que almorzaban en la “Pensión Pincheira”, en el corazón de la calle Presidente Ríos.

Con los zapatos sucios de tierra rojiza y las mejillas arreboladas por el sol de las tardes de primavera, cumplíamos con nuestras tareas de niños, jugar y soñar.


El último “temporal” de agosto del año 16’ se llevó al Pío. Lo atropelló un camión. Un monstruo metálico, hediondo a petróleo y aceite, lo dejó tendido en una calle oscura. Seguramente lo último que escuchó fue el repicar de la lluvia sobre el pavimento. Cuando cerró los ojos, tal vez, volvió a ese rincón de la BIMA, a sus caminitos de tierra y camiones de juguete. Tal vez volvió a buscar el sol de las tardes largas del 65’. Tal vez, se fue al otro mundo manejando uno de aquellos camioncitos.



jueves, 28 de julio de 2016

La historia de Javiera. Memorias de inmigrantes alemanas (*)





Carlos Zúñiga Jara


Desde mediados del s. XIX existen prósperas comunidades germanas asentadas entre Valdivia y Puerto Montt. Chile, resultaba atractivo para la migración alemana. De acuerdo con la ley de 1874 el gobierno de chileno ofrecía a los colonos…

…hijuelas de hasta 150 hectáreas planas y el doble en terreno de montaña por familia. El gobierno ofrece al colono habitación gratuita en el puerto chileno de desembarque, para él y su familia, traslado, hasta que el funcionario de terreno ponga a cada uno en la hijuela de su ubicación, una ayuda diaria en dinero de 30 centavos por el padre de familia y 12 centavos por cada hijo mayor de 10 años. Una pensión de $ 15 mensuales para el colono y su familia, por un año, desde que se ubica en la hijuela, asistencia gratuita de médico y medicinas, una yunta de bueyes, 300 tablas, 46 kilos de clavos y una colección de semillas que no exceda de $ 5…” (Ferrando, 2012:613).

El año 1883 llegaron colonos alemanes que se instalaron en las cercanías del lago Lanalhue, en plena Cordillera de Nahuelbuta. En “Contulmo Patrimonial. Expediente técnico para declaración de zona típica Consejo de Monumentos Nacionales de Chile”, documento del Consejo de Monumentos Nacionales, Universidad del Bío-Bío y Municipalidad de Contulmo, citando a Alejandro Pizarro, se consignan los beneficios entregados por el Estado a los colonos alemanes que se establecieron en Contulmo:

“A cada familia se le entregaron 40 hás. Y 20 más por cada hijo mayor  de 10 años, una yunta de bueyes, una vaca, una carreta, cien tablas para la construcción de una casa, 23 k. de clavos y una subvención mensual de $15 durante un año. El dominio de la tierra entregada fue cedido a perpetuidad con la sola obligación de permanecer trabajándola durante el tiempo mínimo de cinco años. El valor de los bueyes, útiles y semillas sería devuelto durante el plazo de 10 años juntamente con el dinero recibido como socorro…”  (2010:16-17).

La historia de Javiera presenta uno de esos casos de inmigración alemana en La Araucanía. Javiera Fernanda Pérez Ellwanger, hija de Eduvina Ellwanger Grollmus, nieta de Waldtraud Grollmus Reinicke, bisnieta de Marta Adelaida Reinicke Lichttembergh, tataranieta de Marta Lichttembergh Rickembherg.

Nuestra entrevistada evoca las historias de las mujeres de su familia hasta donde alcanzan su frágil retentiva. Interroga a su madre y a su abuela para reconstruir apenas un bosquejo de su genealogía. Muchas vidas para tan poca memoria. Una memoria dispersa que recoge los sabores y aromas para construir los recuerdos.

Javiera prepara el strudel, más bien el apfelstrudel -en español algo así como “remolino de manzana”- tal como se lo enseñó su madre. 

Enumera los ingredientes aprendidos de memoria: una taza y media de harina cernida, una cucharadita de polvos de hornear, un huevo, una y media cucharada de aceite, un cuarto de taza de agua tibia y una pizca de sal. Para el relleno, dos manzanas grandes, peladas y rebanadas muy finas, una taza de dulce de membrillo molido, dos tazas de nueces picadas, media taza de pasas, dos cucharadas de aceite, una pizca de canela en polvo, una pizca de ralladura de limón y azúcar flor cernida para espolvorear. 

Entre sus recuerdos más antiguos está el aroma dulzón de la repostería germana que impregnaba la gran cocina de su mom. Mientras la lluvia eterna mojaba los adoquines de Temuco en algún invierno a inicios del siglo XXI, las Ellwanger se afanaban en los secretos alquímicos de strudel, galletas, kuchenes y tortas. La oma le repetía ingredientes y procedimientos, mientras sus ojos celestes supervisaban el aprendizaje de la nieta ¿Recuerdas que el pelo blanco de Waltraud siempre olía a canela?

Marta Adelaida Lichttembergh Rickembergh nació en 1883 en Baviera, en las cercanías de Múnich. El año 1895, a la edad de 12 años, arribó a Chile junto a su familia en una embarcación cuyo nombre no registra la memoria familiar. Probablemente se trataba de campesinos que huían de alguna de las crisis económicas que asolaron a Alemania a fines del s. XIX. 

Al parecer la familia de Marta tenía amigos y parientes ya avecindados en Contulmo, lo que facilitó la decisión de emigrar. 

Sería en verano cuando los Lichttembergh Rickembergh, después de un par de meses de viaje, arribaron a la Cordillera de Nahuelbuta. Una travesía alucinante cruzando la mitad del mundo. En barco desde Hamburgo hasta Talcahuano, pasando por el Estrecho de Magallanes. Desde Talcahuano hasta Angol en ferrocarril. Desde Angol hasta Contulmo en carreta. Cargando bártulos y recuerdos, asombrándose con los matices del mar, de la selva y de la gente. Descubriendo con asombro que, además de niños rubios como ella, había niños de cabellos negros y piel morena.

Los ojos celestes de la pequeña Marta se llenaron con los colores desconocidos del bosque araucano, helechos y copihues. Árboles con nombres imposibles y una toponimia musical pero irreproducible para su lengua germana.

A orillas del Nahuelbuta creció la tatarabuela de Javiera. 

En 1908 Marta se casó con Enrique Reinicke Brunner, nacido en Chile, hijo de inmigrantes instalados en las cercanías del lago Lanalhue. 

Establecen un hogar campesino en las proximidades de Contulmo. En una hermosa casa construida con madera de los bosques cercanos, con esos detalles primorosos que aún hoy podemos observar en el pueblo. Cuidan hijos: Edith, Hilde, Marta Adelaida y Reinaldo; cultivan flores, labran la tierra, crían ganado y elaboran madera.

Javiera comenta:

“…vivían del autoabastecimiento y el trabajo en el campo, tenían un aserradero y cultivaban hortalizas, en ocasiones las vendían…”. 

La primera Marta recogió en un cuaderno las viejas recetas germanas traídas por su madre. 

“Mi tatarabuela en su lengua nativa, el alemán, plasmó sus recetas en un cuaderno, el que fue heredado por mi bisabuela Marta Adelaida Reinicke Lichttembergh. En él se encontraban principalmente recetas de repostería…”.

Marta Adelaida Reinicke Lichttembergh, la bisabuela de Javiera, nace en 1919. Los datos sobre su infancia son difusos. Se crio en el campo paterno, entre los bosques de la Cordillera de Nahuelbuta y llanuras interminables de trigo. Ella conoció la tierra que buscaba Pablo Neruda (1969) en su “Oda a la erosión en la provincia de Malleco”: “Volví a mi tierra verde/ y ya no estaba,/ ya no estaba la tierra,/ se había ido./ Con el agua hacia el mar/ se había marchado./ Espesa madre mía, / trémulos,/ vastos bosques,/ provincias montañosas…”.

Conoció los bosques que añoraba el poeta: “…maitenes,/ avellanos,/ tempestuosos raulíes,/ cipreses plateados,/ laureles que en el cielo desataron su aroma…”.

A los 16 años se casa con Kurth Alberto Grollmus Yuffer. Como los colonos privilegiaban los matrimonios entre connacionales, Marta y Kurth fueron considerados novios desde la infancia, tal como ocurría con casi todas las parejas de inmigrantes en aquella época.

La pareja se trasladó a la localidad de Quillén, una zona rural en las cercanías de Perquenco. Ahí se instalan en un predio heredado por Kurth.

En ese rincón de La Araucanía vivieron y murieron. Criaron tres hijos: Waltraud, Isolde y Rolando; más tarde ayudaron con la crianza de los nietos. Mientras cultivaban la tierra observaban desde la distancia cómo se desangraba la vieja Europa.

Tal como la mayoría de sus parientes, igual como lo hicieron sus padres y como lo harían sus hijos y nietos, los Grollmus Reinicke se establecieron como campesinos dedicados a la agricultura y ganadería, sembrando trigo, cebada y avena. En su lechería fabricaban quesos y mantequilla que comercializaban en los pueblos cercanos. En chiqueros bien provistos criaban y sacrificaban cerdos monumentales para proveerse de jamones y embutidos destinados al autoconsumo y comercialización. Marta junto a sus hijas preparaba sustanciosas recetas de invierno traídas de la madre patria: perniles con repollo morado, cerdo agridulce, ofenschlupferm, kaiserschmarrn, tafelspitz o grünkohl; que nietas y bisnietas aún conservan y preparan en las ocasiones especiales. 

De corrales generosos de gallinas, patos, gansos y pavos, obtenían huevos y carnes. Con esas aves, Marta Adelaida preparaba nutritivas cazuelas criollas aprendidas en conversaciones sostenidas en mercados y almacenes con las mujeres del pueblo; o patos rellenos con puré de manzana, sacados del viejo recetario germano.

En la horticultura combinaban procedimientos traídos desde Alemania con préstamos tomados de campesinos mapuches y campesinos criollo-mestizos. Una quinta bien provista de frutales les permitía la elaboración de mermeladas y conservas para endulzar los largos inviernos.

Javiera recuerda,

“Me contaba mi abuela que el huerto de mi bisabuela Marta Adelaida era un verdadero paraíso. Cultivaba frutas y verduras de todos los tamaños y colores en un orden y categoría especifico, todo tenía su lugar, dividido por sectores crecían las lechugas, separadas de los tomates y los porotos verdes, las papas, zanahorias, chalotas, cebollines, pimientos y acelgas. Más allá, y alejada de las verduras, estaba la quinta de las frutas que proveían a la familia de manzanas, limones, duraznos, damascos, etc. Un poco más allá crecían las frutillas y las frambuesas, siempre bien cuidadas…”.

Todos los alimentos eran producidos en el campo. Siguiendo las viejas estrategias campesinas, una vez asegurado el consumo del año se vendían los excedentes en los mercados locales.

Javiera cuenta que durante una época los bisabuelos fueron grandes productores de miel, 

“… con más de 40 panales ubicados en los mismo predios donde vivían, esta miel servía para abastecerse durante largas temporadas y vender a los lugareños del sector…”. 

El relato de Javiera me recuerda la poesía lárica de Jorge Teillier, que nos remite a una época mítica en la que el mundo se ordenaba por el calendario estacional, cuando aún las modernizaciones neoliberales no arrasaban con las economías campesinas. En uno de los poemas de “Crónicas del Forastero” (1968), el vate escribía:

“La tierra daba el triple de lo que le pedían. Las máquinas no alcanzaban a trillar
el trigo de las sementeras. Rebaños innumerables asomaban sus ojos entre los
altos pastizales, las vegas y las llanuras. Sobraba la comida…” (Teillier, 1968).

Un mundo mítico, esencial, limpio, con sabores más intensos. Cuando el viento olía a flores y a corteza de hualle. Ese mundo (que probablemente sólo existe en la memoria de mis informantes), corresponde a un tiempo que va desde fines del XIX a inicios de los 70’ del siglo XX. La época de esplendor del campesinado en La Araucanía.

Y otra vez vuelvo al libro del poeta…
“Frente al molino
descargan los sacos de una carreta triguera
con los gestos de hace cien años.
Los gestos son los mismos,
aunque la tierra se llene de cohetes
que llevan hacia otros mundos…” (Teillier, 1968).

En ese mundo esencial, ordenado por la siembra y la cosecha, el año 1938 en la ciudad de Temuco nace Waldtraud Grollmus Reinicke, la abuela de mi informante. 

Desde la historia de su abuela la memoria se vuelve un poco más precisa en Javiera, con datos obtenidos en las conversaciones cotidianas entre menesteres culinarios.

Waltraud vivió hasta los siete años en Gorbea. Mientras sus padres continúan viviendo en el campo, ella, por razones escolares, se traslada a Temuco…

“… se viene sola a vivir a una pensión de origen alemán llamada “Radtke”, ya que estudiaba en esta ciudad, en el ‘Colegio Alemán’. A los catorce años ingresa al liceo ‘Gabriela Mistral’ de Temuco…”.

Acerca de su abuelo comenta que…

… estudió en Cunco en un colegio de curas. Posteriormente ingresó al Liceo industrial de Temuco. Al salir del Liceo trabaja en los predios de la familia Becker, con la familia Boch… Ahí se especializa en el trabajo de campo, maquinarias, siembras…”.

Sus abuelos se casan un 28 de marzo de 1958, Arturo de 28 y Waltraud de apenas 18 años. 

Por aquella época, Arturo Ellwanger trabajaba en uno de los tantos aserraderos dedicados a la explotación del bosque nativo que aún abundaba en las cercanías de Panguipulli. Waldtraud se traslada para acompañarlo en aquella faena. Viven entre lagos, volcanes y bosques hasta mediados de los 60’. “Verde que te quiero verde”. Ahí nacen sus tres primeros hijos: Gustavo, Eduvina y Katherine. 

El año 1965 Waltraud y Arturo se trasladan a Caivico, en las cercanías de Cunco. Atrás quedan los aserraderos y bosques. Instalados en un predio de algo más de 100 hectáreas, vuelven al trigo y la avena. Campesinos como sus padres y abuelos. Ahí nacen Gerardo y Claudio.

Es una época complicada, la bonanza dura poco. Un par de años después la familia pierde las tierras. No nos quedan claras las causas, tal vez la presión de la reforma agraria o malos negocios. Javiera habla de una estafa sufrida por su abuelo.

“Al perder las tierras mi abuelo se dedica a ser contratista y a prestar servicios en aserraderos o algo relacionado con maquinarias y siembras en otros lugares de la región…”.

Debido a dificultades económicas de la familia, el año 1968 Eduvina y Katherine Ellwanger se van a vivir con su abuela Marta Adelaida a Quillén. 

Los mejores recuerdos de la infancia de Eduvina corresponden a ese período. Los aromas de la cocina de Marta Adelaida, los colores del trigo en verano y la voz de su abuela repitiendo recetas e ingredientes. Canela, curry, eneldo, chascú, miel, azúcar y pimienta; morrones, porotos, papas de la chacra y harina blanca del trigo dejado para el autoconsumo. Viejos y nuevos ingredientes que se suman en las recetas que la abuela Marta enseña en su cocina.

“En ese entonces no había agua potable en el sector, mi madre recuerda que todas las comidas eran hechas con cocina a leña y se calefaccionaban de la misma manera. La cocina era el santuario de la vivienda, en donde sólo las que deseaban aprender podían entrar. Es en ese tiempo cuando mi madre comienza a aprender las diversas recetas y costumbres de la familia…”.

Por aquella época se incendia la casa de los Grollmus Reinicke…

… el recalentamiento de la cocina a leña consumió la casa de madera. No pudieron rescatar nada de valor…”.

Sería al principio de los 70’, según la versión de Eduvina; el siniestro arrasó con todos los recuerdos que la familia había acumulado por generaciones. Fotos verdosas de niñas rubias, cartas centenarias de los parientes que se quedaron en la madre patria, libros, poemas y viejos artilugios para escuchar música. El diario de viaje de la madre de la primera Marta, con la toponimia de islas, puertos y fiordos recorridos durante el gran viaje. Los nombres de los ancestros, sus oficios y las ciudades y pueblos en los que vivieron. 

“Un año después reconstruyeron la casa, siendo más pequeña que la original…”.

Después de un tiempo de incertidumbre en que recurren a los parientes para el cuidado de los hijos, los Ellwanger Grollmus se instalan en Temuco en el corazón de La Frontera, en una pequeña calle lateral del sector de “Pedro de Valdivia” donde tenían amigos. La abuela le comenta a Javiera que les gustó el sector…

“…porque teníamos amigos y nos sentíamos más seguros a la hora de salir, ya que nuestros vecinos cuidaban nuestra casa. Éramos muy unidos. Actualmente eso ya no se ve, porque cambiaron los vecinos y los que quedamos estamos más viejos…”.

En ese tiempo la ciudad se había consolidado como la principal urbe de La Araucanía, con un comercio pujante, con ferreterías, almacenes y tiendas. Por sus calles coloridas circulaba una población variopinta con todos los colores del mundo en la piel de morenas, rubias, colorinas o trigueñas que caminaban ondulantes por sus plazas.

La abuela se dedica a cumplir con las labores del hogar. Y el abuelo a trabajar fuera de la ciudad. Arturo fallece el 29 de agosto del año 2001.

La memoria de Javiera vuelve sobre su madre. Una vez instalados en Temuco, Eduvina continúa sus estudios en el Colegio Inglés. En las fotos del álbum familiar aparece una adolescente rubia de ojos verdes. 

Javiera interroga a su madre sobre sus amores juveniles. Difícil interrogatorio, lleno de metáforas y silencios…

En aquellos años los alemanes se relacionaban preferentemente entre ellos, por lo tanto, los noviazgos se daban entre familias conocidas con largas relaciones de amistad o parentesco. La llegada a Temuco, sin embargo, les permitió relacionarse con una población más heterogénea.

“Según lo que relata mi madre, el contacto con familias alemanas se perdió. A diferencia de los familiares que habitaban en Contulmo y alrededores, los que residían en la ciudad de Temuco fueron relacionándose con todo tipo de familias, que no necesariamente eran colonos alemanes…”.

Sería la rebeldía de Eduvina, el ambiente multicultural de Temuco o las nuevas costumbres que se instalaban como parte de un cambio de época, el caso es que empezó a fijarse en varones fuera de los márgenes de la colonia. En esa generación se establecen, como cosa habitual, las mezclas con otros colores y otras formas de ver el mundo.

“A los 23 años de edad mi madre conoce a Iván, mi padre. Luego de idas y vueltas de la pareja y de tener que soportar que a la familia de mi madre no le agradara la relación, deciden casarse en el año 1986…”. 

Del matrimonio Pérez Ellvanger nacen tres hijos: Javiera, Ángela y Nicolás. 

Urbanos de segunda generación, con poca relación con el mundo campesino, al que conocen por los relatos de la madre o la abuela y las visitas esporádicas a la parcela familiar. Y el “verde que te quiero verde” de García Lorca suena como eco nostálgico a propósito de los bosques de Nahuelbuta. 

En enero de 2014 nace Isidora Antonia Rojas Pérez, hija de Javiera y Cristian Felipe Rojas Carriñe, por razones patrilineales ya sin apellidos germanos. Una mezcla de linajes alemanes, españoles y mapuches, propia de una hija de La Frontera; 119 años después de la llegada de sus ancestros a orillas del Nahuelbuta, nace la última descendiente de aquella primera Marta. 

Isidora Antonia Rojas Pérez, hija de Javiera Pérez Ellwanger, nieta de Eduvina Ellwanger Grollmus, bisnieta de Waldtraud Grollmus Reinicke, tataranieta de Marta Adelaida Reinicke Lichttembergh, tátara tataranieta de Marta Lichttembergh Rickembherg.

Y en los inviernos lluviosos de Temuco, en los años por venir, Javiera al arrullar a su niña tal vez recuerde a sus ancestros rubios y en un alemán remendado le cantará fragmentos de una canción que le tarareaba su abuelo Arturo: “Leise, Peterle, leise! Der Mond geht auf die Reise”. 

La tatarabuela es la “frontera de la memoria” (Zúñiga, 2011) para Javiera. No conoce datos de la madre o la abuela de aquella Marta. Las fotos más antiguas, las cartas, los diarios de vida y los recuerdos traídos de alemania se perdieron en el gran incendio que redujo a cenizas la casona patronal de Quillén.

De la fría Germania sólo quedaron anécdotas dispersas, historias de nieve y duendes, algunas fotografías y la memoria de los sabores. Marta Adelaida Reinicke Lichttembergh había plasmado toda su reminiscencia culinaria en un cuaderno de recetas escrito con primorosa caligrafía. La tinta azul describe en alemán y español recetas e ingredientes de antiguas preparaciones: combinaciones azucaradas, generosas de aromas y de frutas. Exquisitas elaboraciones saladas que mezclan carnes, futas y verduras: pavo relleno con puré de manzana, pato relleno, perniles de cerdo con repollo morado, papas ácidas con vinagre, sopa de harina dorada en mantequilla, porotos verdes con salsa blanca, chucrut, fritos de coliflor, y un largo listado de delicias. 

“Mi tátara abuela plasmó sus recetas en un antiguo libro que fue heredado por mi bisabuela Marta Adelaida. En él se encontraban principalmente recetas de repostería, como galletas, kuchens, confites, masas dulces, conservas, mermeladas, entre otras. Cada una de las recetas preparadas por ella eran el centro de atención en cumpleaños, aniversarios, fiestas, bautizos y sobre todo para la hora del té, costumbre que mantenemos hasta hoy. 

Actualmente en mi familia se siguen realizando estas preparaciones, sin ser modificadas, siguiendo al pie de la letra la receta. Son platos obligatorios a la hora de compartir con la familia, celebrar cumpleaños, fiestas etc. ...”.


Ese cuaderno pasó a Waldtraud, quien se hace cargo de una tradición culinaria que se remonta a cientos de años. 

 “Luego de su matrimonio y el posterior nacimiento de sus 5 hijos, mi abuela traspasó sus conocimientos de cocina a mi madre, Eduvina Ellwanger Grollmus, quien se dedicó a seguir cada una de las recetas. Una de las más estudiadas y elaboradas fue la del kuchen de miga y canela (zimtsplatzchen) y el strudel de manzana (Apfelstrudel). 

Desde pequeña a mi madre le enseñaron la importancia de los detalles a la hora de cocinar y preparar dulces…”.

Casi cien años más tarde, Javiera reproduce las recetas anotadas en aquel cuaderno. Ya no están las añosas teteras, ollas y marmitas, ni el fuego lento de la cocina a leña. Pero, a pesar de que las antiguas comidas se preparan al calor de la cocina a gas y el horno a microondas, aún cocinan en familia conversando de lo humano y lo divino, tal como lo hicieron las mujeres más viejas de la familia. 

 “Primero comencé observando y preguntando cómo hacerlo, asesorada por mi madre; a esas alturas ella ya conocía las viejas recetas de memoria. La idea era enseñarme a cocinar para que cuando formara mi propio hogar pudiese reproducir las costumbres familiares…

Las recetas familiares se mantuvieron intactas durante años, siguiendo al pie de la letra la forma de sus preparaciones. En mi generación aparecen las modificaciones, ya que muchos de los ingredientes que se utilizaban para las creaciones culinarias eran difíciles de conseguir según la época (frutas como el membrillo, frambuesas, frutillas). Además, cada preparación dependía de los gustos de cada persona…”.

En este caso, el idioma también se perdió entre la generación de Eduvina y Javiera. La cocina es la tradición más persistente. Se repiten rituales atávicos, indagando una y otra vez en remembranzas, que conforme pasa el tiempo se van volviendo más difusas. Reinventando en cada cena, almuerzo o desayuno las anécdotas familiares. Llenando con sus aromas, texturas y sabores los vacíos dejados por los silencios de la memoria.  

La cocina evoca a los ancestros y conecta a los vivos con el recuerdo de los difuntos.

Y vuelve al strudel, tomado del viejo recetario. Tal como lo hizo Marta Adelaida allá en el sur de Alemania, siguiendo la enseñanza de sus abuelas, bisabuelas y tatarabuelas. Los antepasados con nombres desconocidos para Javiera, nombres perdidos en las llamas de Quillén. 

La historia del strudel en mi familia ha traspasado generaciones completas, siguiendo la antigua receta de mi tátara abuela…” (Javiera Pérez).

Se tamiza la harina con los polvos de hornear sobre la tabla de amasar, dejándola en forma de corona. En el centro se pone un huevo batido con el aceite. Se mezcla suavemente añadiendo el agua tibia con la sal. Se forma una masa blanda y elástica y se deja reposar una hora tapada con un paño. Se espolvorea la masa con harina y “uslerea”, hasta dejarla lo más fina posible, debe quedar en forma rectangular, del ancho del molde que se utilizará.
Para el relleno se mezcla el dulce de membrillo con las nueces, las pasas, el aceite, la canela y la ralladura de limón y se forma una pasta. Se esparce sobre la masa, encima se colocan las manzanas y se enrolla suavemente. Se coloca el rollo en un molde aceitado y con un cuchillo untado en aceite se cortan rebanadas de dos centímetros de grosor, sin separarlas completamente. Se lleva a horno moderado hasta que esté cocido y ligeramente dorado. Se desmolda y espolvorea con azúcar flor.



BIBLIOGRAFÍA CITADA

BORGES, J. L. (junio de 2004). Funes el memorioso. Recuperado el 17 de mayo de 2011, de Pretotecnia: http://www.dtic.upf.edu/~joan.soler/0910/at/textos/borges/FunesElMemorioso.pdf
CONSEJO DE MONUMENTOS NACIONALES; UNIVERSIDAD DEL BÍO-BÍO; MUNICIPALIDAD DE CONTULMO. (2010): Contulmo Patrimonial. Expediente Técnico para Declaración de Zona Típica Consejo de Monumentos Nacionales de Chile. Recuperado el 07 de agosto de 2013, de issuu.com: http://issuu.com/rodrigoplacencia/docs/contulmo_patrimonial_2010
FERRANDO, R. (2012): Y Así Nació La Frontera. Conquista, Guerra, Ocupación, Pacificación 1550-1900. Temuco: Ediciones Universidad Católica de Temuco.
GARCÍA MÁRQUEZ, G. (10 de noviembre de 2010). La soledad de América Latina. Recuperado el 5 de enero de 2011, de www.ciudadseva.com: http://www.ciudadseva.com/textos/otros/ggmnobel.htm
GÓNGORA, M. (1966). Vagabundaje y sociedad fronteriza en Chile (siglos XVII a XIX). Santiago de Chile: Universidad de Chile, Facultad de Ciencias Económicas.
KOVALSKY, J. (2006). Trauma Social, modernidad e identidades sustraídas: nuevas formas de acción social. Recuperado el 20 de abril de 2008, de www.scielo.cl: http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0718-22282006000200002&script=sci_arttext
NERUDA, P. (1969): Nuevas Odas Elementales (Segunda edición ed.). Buenos Aires: Losada.
SANTOS MARTÍNEZ, P. (1987): La Inmigración en Chile: El Caso de los Colonos Vascos (1882-1883). Recuperado el 20 de julio de 2013, de revistahistoriauc.cl: http://revistahistoria.uc.cl/wp-content/uploads/2011/10/santos-pedro-22.pdf
TEILLIER, J. (1968): Crónica del Forastero. Santiago de Chile: Imprenta Arancibia Hnos.
ZÚÑIGA, (2011): La Frontera de la Memoria. Relatos de Vida. Temuco: Imprenta Printus.


INFORMANTES

Javiera Pérez Ellwanger


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(*) Este trabajo forma parte del libro “Geografías Femeninas. Mujeres y espacio doméstico en La Araucanía” (en prensa), correspondiente a la investigación realizada con aportes del Fondart Regional: “Geografías femeninas. A propósito de relatos de mujeres de La Araucanía”; Línea Formación e Investigación; Modalidad Investigación; Folio N° 43775.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Navidades y bicicletas (*)






Carlos Zúñiga Jara




Desde que tengo memoria la navidad me trajo confusiones que sólo aclaré hace pocos años. Siendo un crío me intrigaban las tarjetas navideñas con sus imágenes contradictorias; Por una parte, aparecían alusiones al nacimiento de Jesús en un entorno cálido: un establo, los reyes magos atravesando algún desierto o la Virgen con el niño en brazos por algún camino seco y pedregoso a lomo de borrico; Por otra, las tarjetas representaban paisajes nevados con monos de nieve y a un rechoncho personaje de barba blanca enfundado en ropa de invierno color rojo. A lo anterior, debía agregar que la navidad en mi pueblo es a inicios del verano. Hasta donde averigüé por aquella época, en el resto de los pueblos ocurría algo similar, la navidad no era en invierno sino a inicios del verano. Para mí, además, eran los primeros días de playa entre Villarrica y Pucón, cuando Calfurray aún tenía aguas limpias. A diferencia de lo que indicaban las tarjetas de fin de año, mi navidad no tenía gorros de lana, ni monos de nieve, ni caminatas por el desierto.

Con la llegada de la televisión a mi hogar a fines de los 60’, se me agregaron nuevos motivos de desconcierto: el “pavo navideño” como parte de los festejos. Cuando tenía siete años nos mudamos a una casa-quinta donde compartíamos fronteras con mis abuelos paternos y dos hermanos de mi padre. En su gran patio mi madre tenía una pequeña y colorida quinta de árboles frutales: cerezos, ciruelos, manzanos y duraznos, además de huerta y crianza de aves: gansos, gallinas y pavos. A pesar de la presencia de pavos, la cena navideña en mi familia siempre fue un asado de cordero, faenado y preparado por mi padre. Por lo tanto, me  resultaba extraño que en el resto del mundo se cenara pavo, tal como lo decía la televisión. 

Así y todo, de niño era mi época favorita, de frutas y correrías. Con mis hermanas y primos recorríamos el vecindario asaltando cerezos, hurtando grosellas y manzanas verdes, con pequeñas bolsas de sal para degustar la mercancía robada. Un poco más adelante, en mi época escolar, diciembre marcaba el fin del período de escuela y el inicio de vacaciones que en algún momento -en mi definición infantil del tiempo- duraban un año. Siempre estuve más integrado a las redes familiares que a las escolares, por lo tanto, era una época de liberación. 

A diferencia de lo que ocurre ahora, el pueblo se vestía de fiesta la segunda quincena de diciembre. Los almacenes y tiendas -en su mayoría propiedad de familias árabes- se llenaban de luces y motivos navideños. El modesto centro, donde se instalaba el comercio más importante, estaba limitado a un par de cuadras. Caminar entre la “Bota Verde” y la “Librería Selecta” buscando mis armas favoritas era cosa de minutos, saltando la calle hacia la “Librería Universo” y volver a empezar de nuevo desde la ferretería “Trasandina” hacia arriba, por si se me había pasado algún detalle, no me demoraba más de media hora. O corriendo hasta la “Gran Vía”, donde mi primo Sergio me aseguraba que había revólveres, arcos y flechas como los que aparecían en “El Jinete Fantasma”.

Como era una época más moderada e ingenua, esos escaparates bastaban para satisfacer mis pretensiones navideñas: equipamiento de vaquero o implementos de guerra, que se reducían a modestas pistolas y rifles de plástico; en el mejor de los casos, revólveres a “fulminante”, cinta con alguna mezcla de pólvora que al ser percutada “disparaba” algún ¡bang!, ¡pang! o ¡pum!, de acuerdo a la onomatopeya impuesta por los comic. Regalos que, hoy por hoy, no serían considerados en serio por ningún niño. Ese gusto por las armas me venía de mi afición a las historietas, ojeaba y hojeaba comic desde mucho antes de aprender a leer. 

La preparación de la fiesta navideña se iniciaba un par de semanas antes, con la búsqueda de un pino o la recuperación del usado el año anterior, siempre y cuando las raíces no hubiesen salido del cajón de madera que lo contenía. Mi madre vestía el árbol con los viejos adornos: estrellas multicolores, burbujas doradas, “nieve” de algodón, además de pequeños “pascueros” de chocolate y una infinidad de caramelos. Víctimas de la rapacidad infantil de mis hermanas -Gloria y Ana- pronto colgaban solitarios envoltorios de “pascueros” y caramelos. En la base del árbol ocupaba un lugar central un antiquísimo y bien conservado pesebre. 

Si de algo siento nostalgia, es del olor a pino verde inundando la casa, ese era para mí el aroma de la navidad.

Una semana antes mi padre encargaba un par de corderos que pastaban en un rincón del patio esperando Navidad y Año Nuevo. La víspera de cada fiesta se desarrollaba un sanguinario ritual a cargo de mi padre: carnear el cordero con un certero estoque en la garganta, preparar el “ñache”, una adaptación criolla del “ñachi” mapuche, sangre de cordero cuajada, aliñada con sal y ají verde, degustado con vino blanco y limón. Delicatessen que era saboreada por una gran cantidad de parientes invitados al evento. Después se procedía a descuerar y trozar el borrego. En medio de esa febril actividad los pequeños ayudantes corríamos presurosos proveyendo cuchillos, envases y sierras. La primera preparación culinaria era un “cocimiento”, un guiso con las menudencias del cordero: chunchules (tripas trenzadas), riñones, pulmones, hígado, corazón, etc., con cebollas, arvejas, abundante vino blanco y especias a granel. Si mi padre lo estimaba, el “cocimiento” podía ser reemplazado por “apoll” -otra adaptación criollo-mestiza tomada de la culinaria mapuche- pulmones de cordero inflados, aliñados con abundante pimienta, comino y sal; que junto con el corazón se hervía por algunos minutos. La versión original, según contaba don “Rigo”, mi padre, la hacían los mapuches incorporando los aliños al cordero recién degollado y aún vivo. Con los últimos estertores los aliños se impregnaban profundamente en los pulmones.

La preparación principal también corría por cuenta de mi padre: el “asado al palo”. Medio cordero ensartado en una varilla metálica, asándose lentamente en carbón de hualle, dispuesto en una parrilla construida de un gran tambor metálico cortado a la mitad, el “pancho”. Después de varias horas de lenta cocción se servían grandes trozos de carne, acompañados de papas cocidas y abundante ensalada de tomates y lechugas. Nuestra criolla cena navideña.

Mis navidades están marcadas por los regalos. Rifles, pistolas, revólveres y en menor medida, pelotas y pequeños automóviles de plástico. Los mejores regalos que recibí fueron un camión a pedales y un par de bicicletas. A los cinco años mi primera bicicleta, de color verde y marca irrecordable. A los doce años una bicicleta roja de “media pista” marca CIC. A los treinta años -también por navidades- mi bicicleta azul, una montañesa marca “Oxford”, que aún se mantiene activa.

La espléndida mañana del 25 de diciembre de 1965, junto al árbol navideño estaba mi flamante camión verde, iluminado por un sol feérico que se colaba entre las cortinas, sonriendo reluciente ante mi asombro de niño con su pequeña cabina descubierta y una resistente carrocería de lata. Con un olor a pintura fresca que recordaría los siguientes treinta años. Sobre su construcción no estoy muy seguro, probablemente lo fabricó mi padre en la maestranza de don Eloy, mi abuelo, a golpe de martillo y soldadura, entre aserraderos a medio construir y grandes locomóviles. En ese camión recorrí miles de kilómetros de difícil ruta cordillerana. Sorteando ciclópeos cerezos y añosos manzanos; cruzando jardines selváticos, entre calas blancas y fragantes veredas de jazmines; al final del camino, un río gigantesco donde la abuela enjuagaba manteles bordados y sábanas blancas. Cargado de hermanas y primos, fundiendo el motor en alguna espantosa subida a medio camino de la entrada a la maestranza del abuelo y la fundición de mi padre.





Mi camión me acompañó por años, soportando arreglos estructurales para adaptarse a mis piernas cada vez más largas, tolerando desabolladuras y repintados debido a los frecuentes accidentes carreteros. Un día me fue imposible subir a su estrecha cabina y mi camión verde se quedó estacionado para siempre en algún rincón del patio junto a ciruelos y camelias.

Mi primera bicicleta me la trajo el “Viejo Pascuero” en la navidad del 66’. Estoy seguro que no fue “Santa Claus”, porque este impostor nos llegó por televisión unos 10 años después. Ambos vestían de rojo con larga barba blanca. Pero a diferencia de aquel que aparecía en las insufribles películas televisivas de diciembre, nuestro “Viejo Pascuero” siempre andaba acalorado. Yo lo vi varias veces en las calles del minúsculo Centro de Villarrica allá por 1964 o en las calles de Temuco, en diciembre del 63’. Moreno de ojos negros, le gustaba usar la barba algo holgada y sudaba copiosamente.

Aquella navidad desperté temprano, seguramente por el peso de la bicicleta encima de mi cama. Verde, con pedales fijos, mi padre le pondría ruedas para “aprender a andar”.





Ese verano fue de aventuras. Recorrí la distancia que separaba la casa de mis padres y el almacén de mi abuela siempre lleno de olores y de voces, corriendo entre los cajones de azúcar y las bolsas de yerba mate. Yo, intrépido ciclista, con la seguridad de las rueditas impresionaba a mi abuela con mis desplazamientos, mientras ella reía burlona. O algún largo viaje a casa del tío Enrique, a propósito de una reunión familiar, tan habituales en aquellos años. Una travesía heroica al ritmo de las rueditas raspando el cemento, que acabó en una fatiga vergonzosa, con mi padre molesto por mi falta de habilidades atléticas y mi madre dando explicaciones sobre mi agotamiento. 

Algunos meses después don “Rigo”, en una ceremonia que presenció el resto de la familia, quitó las rueditas. Salí raudo y orgulloso al desafío que imponía la acera   -tenía órdenes estrictas de no utilizar la calle- escabulléndome de mis hermanas que entre gritos me perseguían.



Crecí demasiado rápido y la bicicleta verde terminó sus días entre los cachureos metálicos del taller de mi abuelo. Ya no podía acompañarme a las excursiones al almacén de la abuela, ni esquivar con facilidad los sacos de trigo, ni la maquinaria agrícola que reparaba don Eloy. 

Los años se fueron juntando, corriendo entre la escuela y los cerezos en flor de la casa paterna. Yo, sin resignarme a mi destino de peatón, pedía todas las navidades una bicicleta nueva, roja, como esas que salían en las revistas de mi madre. Primero, intentado negociar directamente con el “Viejo Pascuero” y luego, de tanto trámite infructuoso, con mi padre. Y así, cinco navidades recibiendo insulsos automóviles de plástico o revólveres a fulminante, que no se comparaban con una bicicleta. 

Y entre disparos mordía mi pena de niño. ¡Bang!, ¡bang¡, matando bandidos que se negaban a morir, porque era la hora de la “once”. En la espesura de la huerta, asaltando fuertes defendidos por Gloria, Solange, Ana y Sergio; comandados por el pequeño e intrépido Germán, un comandante de tres años. O pasando tardes enteras con Álvaro y Sergio, confeccionando armamentos para jugar a los “romanos”. Así, armados con pesados escudos de madera y espadas mal labradas, atacábamos “castillos” de madera transformados en fuertes, defendidos por Milton, Germán, Ana, Gloria, “Chochi” y los primos que llegaban durante el verano. Guerreros heroicos que repelían el ataque con un bombardeo de terrones y manzanas verdes que los escudos resistían a duras penas. Bárbaros y romanos trenzados en batalles épicas interrumpidas por los enérgicos llamados a la cena. Los guerreros regresaban al hogar humillados a coscorrones -por madres sin sentido de la épica- por la ropa hecha jirones y la mugre acumulada durante la batalla.

Diciembre de 1974 debió ser una navidad triste para la mitad de los chilenos: El inicio del festín de los audaces que se enriquecieron con el saqueo del Estado. El festín de los soldaditos ansiosos de un remedo de guerra para regalarse medallas jugando a salvar a la patria. 

Hoy me da pudor reconocerlo pero, en mi inconsciencia infantil, la de 1974 fue una buena navidad, inaugurando árbol nuevo traído de los viveros del fundo de Weber. Con la casa impregnada de aroma a pino verde, el movimiento de corderos en el patio y compras de última hora: papas nuevas, cilantro, ají verde, lechugas y tomates. La Nochebuena se impregnó de olores, con esa mezcla mágica de pino y cordero asado. Con mi madre presurosa con el pan, los platos y el llanto de la pequeña Yasna, mis hermanas discutiendo con Germán sobre las bondades de las costillas de cordero y don “Rigo”, sonriendo satisfecho por sus logros culinarios.

Hasta donde sabía, mis solicitudes habían sido infructuosas. No habría bicicleta ese año, a cambio, en mi condición de “niño explorador” me regalarían un puñal. La mañana del 25 de diciembre de 1974 me recordó las navidades del 65’ y 66’. Sonriente, bajo el árbol navideño me esperaba con su promesa roja y cromada. Creo que nadie es más feliz que un niño en bicicleta, dichoso de sol y viento, corriendo por sendero y calles hasta quedar rendido, explorando bosques y playas. 

La navidad también había llegado con su carga a casa de mis vecinos Álvaro y Alejandra, con un par de CIC amarillas. Conformamos un pequeño equipo de exploración con Álvaro y Sergio, que disponía de una bicicleta prestada por su prima Gina, una hermosa morena que me quitaría el sueño un par de años más tarde.




Y ese verano fue de paseos largos, recorriendo las calles de mi pueblo. Entre “Presidente Ríos” y el “Embarcadero”, Las viejas veredas de la playa “Pucara”- “pulcra” de gredas y desechos- la playa del “Pescadito” o los senderos de la costa del lago Villarrica, entre junquillos y sauces llorones, intercambiando secretos sobre pedales, cadenas y velocidades, hablando de brujos y ovnis, discutiendo si Mampato o los minilibros Quimantú, si Batman o Superman, si Tarzán o Mizomba, el Intocable, si morenas o rubias. Esas discusiones se prolongarían los siguientes treinta años. Como dice Serrat, “¿y a quien le vas, azul o colorao?”.

Así, los días se fueron como hojas barridas en otoño. La adolescencia se me llenó de ojos y de voces, de amores y desamores. Y, como suele ocurrir, terminó demasiado pronto.

Vinieron los veranos y los inviernos, mis pies aplastaron hojas en los otoños de nuevas ciudades, lejos de mi pueblo. Y la vida me llevó, entre libros y cuadernos, tan lejos y tan cerca.

Y las navidades se me fueron una a una. Por razones de mercado, más bien por razones de supermercado, hice la transición del cordero al pavo, que intermitentemente preparé los siguientes años. Adobado con naranjas, vino tinto, comino, pimienta, ajo, romero y chascú, una pizca de orégano para la nostalgia y sal a gusto. 

Por las mismas razones acepté las insoportables “Barbies”, los pinos de plástico, pañuelos y camisas en vez de juguetes.

Hace un par de años se me empezó a extraviar la Navidad. Será por la ausencia de corderos en la cena o porque ahora los árboles de navidad son de plástico. O porque nunca más recibí una pistola “a fulminante” o una bicicleta roja. O acaso por la sonrisa burlona de las “Barbies” restregándome en la cara la derrota del “Viejo Pascuero” a manos de “Santa Claus”.



¿Quién me robó el aroma a pino verde?  




(*) Este relato pertenece a "Cronicas en verde" © (Inédito)
Las ilustraciones son de Isis Zúñiga Campos

sábado, 12 de diciembre de 2015

Criollos y mestizos (*)



                                                                                  Carlos Zúñiga Jara






Sobre las vivencias de los criollo-mestizos tomo la deriva territorial de José Eloy Zúñiga   Chávez, mi abuelo[1], una deriva que de acuerdo a la memoria familiar se inició a mediados del siglo XIX en las cercanías de Chillán con el nacimiento de Pedro, abuelo de Eloy. Como pasa con la mayoría de las familias criollo-mestizas, los recuerdos anteriores se extraviaron entre tanto camino andado por estos descendientes de vagamundos que comenzaron a recorrer la tierra hacia el siglo XVII. En esa falta de reminiscencias no sólo el pasado pierde sentido.

"Así como esta suerte de amnesia no nos permite saber de dónde venimos, de quiénes venimos, tampoco nos permite trazar con claridad nuestro camino individual y colectivo. Lo más probable es que en menos de cien años nadie recordará nuestros nombres, ni lo que hicimos o no hicimos. Y en esa falta de recuerdos, no tendrán sentidos las pequeñas tragedias cotidianas, los fracasos y los triunfos de la vida diaria. La mala memoria siempre viene acompañada de la soledad..." (Zúñiga, 2011:13).

José Eloy Zúñiga Chávez hijo de Wenceslao Zúñiga Olave y Dolores Chávez Arriagada; nieto de Pedro Antonio Zúñiga y Martina Olave Saldías; bisnieto de Tránsito Zúñiga. Debido a la fragilidad de la memoria sobre la línea materna, privilegio la línea paterna. Tal vez, por un sesgo patriarcal para este caso la memoria sobre las mujeres es aún más difusa que la de los varones.

En mi indagación sobre la memoria familiar descubro a Tránsito y Martina, redescubro a Dolores y Rosa. Se me aparecen viejos pueblos con olor a humo donde, como en el libro de García Márquez, la lluvia caía durante meses y años. Develo anécdotas y paisajes. Intento imaginarme a Tránsito allá por 1815 en alguna hacienda de la zona central perdida de los recuerdos. Y veo a Pedro en el Fundo Zemita, en las cercanías de Chillán, entre el trigo y la mañana de algún verano de 1850. Y no tienen rostros, no tengo evidencia sobre el color de sus ojos, su apariencia física o el lugar donde yacen sus restos. Todo es difuso. Veo a Wenceslao a lomo de caballo, de Cherquenco camino al Llaima, el día en que conoció a Dolores. Y ya se me dibujan sus rostros y características. Wenceslao, un calavera buen mozo, de ojos azules, como mi abuelo. Dolores, hermosa de intensos ojos verdes.

Veo a Eloy, entre bosques y lluvia, descubriendo las montañas en Villarrica, Coñaripe o Panguipulli a fines de los 20’, recorriendo senderos de polvo y barro, liderando una tribu de parientes, organizando faenas madereras en selvas de raulí, hualles, lengas y araucarias. Peleándose con los espíritus del bosque que por su culpa me han perseguido toda la vida.

Según consta en la partida de nacimiento, el 12 de diciembre de 1896, en algún sector rural en las cercanías de Victoria, nace el hijo mayor de Wenceslao Zúñiga y Dolores Chávez. Dadas las condiciones de la época los datos no son precisos. Era habitual que las inscripciones en el Registro Civil se realizaran con años de retraso, lo más probable es que haya nacido hacia 1890.

Sobre su infancia no tengo datos muy exactos. Entre las correrías infantiles, sus responsabilidades familiares y laborales, desarrolla una educación informal. Creció en las cercanías de Cherquenco con sus hermanos Elena, Enrique e Irene. Debió ser un niño y un adolescente sano, inquieto y de carácter fuerte. En el mundo rústico en el que se crio destacó rápidamente por su inteligencia, don de mando y habilidad en la mecánica.

Nacido en el seno de una familia de madereros, tal como ocurría con todos los niños de la época, colaboraba en las actividades económicas de la familia; en este caso, ayudando a su padre en el manejo de los aserraderos. Ese aprendizaje le permitió administrar faenas madereras cuando aún era un adolescente. Su habilidad para reparar maquinaria le granjeó el respeto de los trabajadores a su cargo.

Por cosas de la vida, como decían mis parientes más veteranas, don Wenceslao se fue con otra mujer. Eloy, con apena 16 años, en su condición de hijo mayor tuvo que hacerse cargo de su madre y hermanos menores. Como parte del patrimonio de su madre se quedó con un par de aserraderos, con los que va a dedicarse a "voltear", "maderear" y "aserrear" la floresta generosa de La Araucanía.

Y puedo repetir de memoria la diversidad de aquellos bosques que desde la infancia me describió Ramona Guiñez, testigo presencial de aquellos fantásticos recorridos por la selva araucana. Un paisaje pre histórico, con helechos gigantes, colihues y quilas, por el que corrían güiñas, zorros, chingues, pudúes y coipos. Incluso jabalíes, según cuenta la tradición, traídos desde la vieja Europa por colonos alemanes. Bosques llenos de música de choroyes, cachañas, chercanes, churrines, carpinteros, torcazas, bandurrias y peucos, a los que se sumaban pidenes, gorriones, golondrinas y picaflores.

Durante los siguientes 25 años, más o menos entre 1906 y 1930, Eloy y su clan van a recorrer La Frontera lluviosa antes de establecerse definitivamente en Villarrica. En la memoria familiar quedan referencias a faenas instaladas en Vilcún, Cherquenco, Perquenco, Selva Oscura, Temuco y algo más al sur, en Panguipulli. Esa actividad itinerante la hacía acompañado de un clan integrado por parientes y allegados. Cuando fallece Wenceslao incorpora a sus hermanastros y hermanastras, más adelante se integran los novios, pretendientes y maridos de sus hermanas y luego, sobrinos y primos.

Eloy con un par de parientes buscaba “montañas” para explotar, cruzando ríos y lagos, en viajes durísimos que duraban semanas. Revisaba, medía, calculaba la cantidad de madera que saldría de aquel bosque, los años necesarios para explotarlo, la condición de los caminos, etc. Una vez cerrado el trato con el dueño de la "montaña" dejaba a algunos varones de la familia a cargo del "volteo" y "madereo": talar con hacha, combo y corvina, preparando los trozos para el aserradero, mientras él organizaba el largo viaje para trasladar el aserradero. A principios de la primavera, cuando disminuían las lluvias, en carretas tiradas por bueyes y a lomo de caballo se acarreaban las provisiones y bártulos. Pesados locomóviles, aserraderos estacionarios, maquinaria, herramientas y repuestos. Si no había caminos los construían a golpe de picota y pala. Finalmente, luego de varias semanas, en algún claro a orillas de la “montaña” se instalaba el “banco aserradero”. Una vez situados llegaban las mujeres y los niños. Con ese clan bullicioso se establecían un par de temporadas, (la temporada de "aserreo" se extendía desde septiembre hasta abril).




El bosque herido se llenaba de ruidos extraños.

Durante los fríos y lluviosos inviernos dejaban a las mujeres y los niños en algún poblado cercano, mientras los hombres "volteaban" y “madereaban”. Y así, durante 25 años cada dos o tres temporadas moviéndose de bosque en bosque.

En la indagación sobre la migración de mi familia no pude encontrar testimonios acerca de la vida en los campamentos madereros. Sin embargo, en mi investigación sobre la explotación del bosque en la zona de Villarrica (Zúñiga, 2011) pude recoger testimonios sobre las características de esos lugares. Noramina Sandoval, que pasó parte importante de su vida entre bosques, me contó sus características para fines de la década del 30': una armazón en forma de A, hecha con tablas de "quinta mala" amarradas con alambre (según la clasificación de la madera que imperaba en la zona, se trataría de desechos y leña). En mi breve experiencia como maderero a fines de los ochenta pude observar aquellos rucos, al parecer en más de cincuenta años poco o nada habían cambiado.

El 2 de septiembre de 1924, en la localidad cordillerana de Perquenco, Eloy se casa con Rosa Astudillo, nacida en San Carlos, hija de don Manuel Astudillo y doña Isabel Zúñiga. Él tenía 28 y ella 30 años, para la época una edad muy tardía para casarse. Lo más probable es que haya sido sólo un atraso en la inscripción, la formalización en el Registro Civil de una relación que llevaba algunos años.

Entre 1925 y 1929 se radican en Temuco. Compra o arrienda en calle Zenteno donde -según un par de testimonios- fue vecino de las hermanas de Hernán Trizano. Por aquella época nacen los primeros hijos del matrimonio Zúñiga Astudillo: en 1926 nace Marta que muere a los pocos días; en 1928 José Wenceslao y en 1929 Ítalo Raúl.

Durante los inviernos de aquel período, don Eloy trabajó como mecánico para Bernardo Laetamandía. Con salidas esporádicas a buscar bosques o contratar faenas nuevas. Mientras, bajo su estricta supervisión, algún pariente se hacía cargo del "volteo" y "madereo".

En 1929 se traslada más al sur, instalando una faena en las cercanías de Panguipulli. Y de nuevo con todos los parientes a “maderear” y “aserrear”. Todo era selva, casi no había caminos. Nada era fácil, parte del trayecto se hizo cruzando el lago, vadeando ríos y abriendo “huellas” (senderos) a golpe de hacha. En esa faena deben haber estado unas dos temporadas.

En 1932 o 1933 se trasladan a Loncoche. Un período particularmente malo. Seguramente los efectos de la gran crisis económica de 1929 (que se guarda en la memoria familiar como “el año de la crisis”) se hacen sentir en el sur y disminuye la compra de madera.

Y nuevamente el clan se pone en movimiento. Todos juntos, Eloy y Rosa con sus hijos pequeños “Nene” y “Talo”; sus otros hijos, Juan, Carlos, Alicia, Humberto y probablemente Eduvigis; Leopoldo Guíñez y su hija Ramona; sus hermanos Elena, Enrique e Irene; y tal vez algunos de los Zúñiga Arriagada: Marta, Pedro, Carlos, Isabel, Rosa y Berta. Se incluían los amigos, parejas, pretendientes y novios, además de algunos trabajadores. Y ahora se mueven buscando trabajo en la construcción del ramal ferroviario Loncoche-Villarrica. Mientras se instalan y consiguen trabajo, sobreviven con los víveres sobrantes de la faena anterior. Cuando el alimento se hacía insuficiente los hombres salían a cazar.




 Después de algún tiempo de precariedad consiguen trabajo. Tengo evidencia de que al menos Eloy y Enrique, su hermano menor, trabajaron en la construcción del ramal Loncoche-Villarrica. Al parecer, don Eloy fue empleado como mecánico en alguna empresa contratista. Entre 1930 y 1934 la familia está conectada laboralmente con la construcción del ramal. En Loncoche nacen dos hijos del matrimonio Zúñiga Astudillo: en 1931 José Eloy y Sergio Fernando en 1933.

Al escuchar los relatos que me retratan un modo de vida comunitario, con fuertes rasgos señoriales, me llama la atención lo radical de los cambios en las costumbres como consecuencia de las modernizaciones neoliberales. Dadas las características de la cultura se podría haber pensado que el individualismo no afectaría el territorio que intento explicar. Sin embargo, al igual que en el resto del país, en un par de décadas nos olvidamos de aquellos modos de vida, de aquellos rituales colectivos que recogían tradiciones más que centenarias.

En 1934, seguramente al concluir sus actividades en la construcción del ramal, don Eloy decide radicarse en Villarrica junto con su familia extensa. Con la llegada del ferrocarril se instala un nuevo contingente migratorio, José Eloy Zúñiga y los suyos forman parte de esos inmigrantes. En Villarrica trabaja en la empresa maderera “El Tigre” de Bernardo Laetamandía, con el que había tenido negocios en Temuco. Además, supongo que la madera extraída en Panguipulli fue comercializada con Laetamandía.

En Villarrica nacen sus dos hijos menores: César Rigoberto, en 1935 y Rosa Betty en 1940.

Un par de años después don Eloy compra una propiedad, donde se instala definitivamente la familia. La calle Presidente Ríos corresponde a uno de los accesos del pueblo, el camino a Lican-Ray. Se trataba de una de las rutas madereras más importantes. El movimiento era constante, diariamente circulaban decenas de carretas tiradas por bueyes y cientos de personas que recorrían cantinas y burdeles, almacenes y molinos. Campesinos criollo-mestizos, mapuches y “gringos”. Madereros y agricultores.

En ese sector don Eloy instala un taller metal-mecánico la "Maestranza Pucara". Debe haber evaluado la factibilidad económica de un taller destinado a reparar y construir la maquinaria necesaria para las actividades agrícolas y forestales de la zona. El “taller viejo” funciona entre 1935 y 1954.

Durante un tiempo Eloy atiende sus obligaciones como capataz de Laetamandía, pero cuando la cantidad de trabajo que llega a su taller le impide desempeñarse con eficiencia en los dos lugares renuncia a su compromiso con Laetamandía para dedicarse a su maestranza. Ahí, con algunos tornos de segunda mano, implementos para soldar y una herrería bien apertrechada -algo fundamental durante los primeros años de la maestranza- repara herramientas y maquinarias. Fabrica aserraderos, repara locomóviles, inventa “canteadoras” más eficientes. Supervisa y ordena con la mano firme del que está acostumbrado a ser obedecido.

Debido a la cantidad de trabajo construye un galpón mucho más grande para la maestranza. El “taller nuevo” va a funcionar entre 1954 y el año 2008.




Don Eloy tuvo como negocio principal la maestranza, pero además desarrolló actividades agrícolas y forestales. Hacia la década del 40’ instala en las cercanías del pueblo dos o tres aserraderos que va a mover por toda la zona los siguientes 30 años. Compró propiedades urbanas en Villarrica y dos hijuelas en Voipir y Cudico. En la década del 40’ adquiere una trilladora estacionaria, con la que se dedicará a trillar en las cercanías del pueblo al menos hasta la década del 60’. A inicios de la década del 50’ compra una propiedad en calle Presidente Ríos, frente a su residencia, ahí instala una barraca para elaborar madera.

Don Eloy trabajó en sus negocios hasta su fallecimiento, el 29 de noviembre de 1974.

Del paso de mi abuelo por este mundo quedan sólo los recuerdos y fotos añosas. Ya no existe la maestranza, los aserraderos, ni la barraca; la parcela, la hijuela y las propiedades urbanas cambiaron de dueño. Y sus descendientes cambiaron de oficio. Las "montañas" de su juventud desaparecieron bajo el rigor de la motosierra. De aquel mundo verde nos queda apenas una postal nostálgica.

Hace algunos años mi hermano me aseguraba haber visto el fantasma del abuelo paseando por la vieja maestranza. Treinta años después de su muerte aún lo veían caminar entre los oxidados aserraderos y vetustos locomóviles arrumbados en lo que fuera el jardín de mi abuela. La misma estampa de aquel viejo que tengo en la memoria: traje oscuro y sombrero, un humeante cigarrillo a medio consumir en la boca, la espalda levemente encorvada y las manos cruzadas atrás.

(*) Este relato corresponde a un extracto del libro  "Crónicas en Verde" © (Inédito).
Las ilustraciones son de Rodrigo Díaz.




[1]           Acerca de Eloy tomo algunas ideas publicadas en "La Frontera de la Memoria. Relatos de Vida".